Algún día de noviembre de 2007 mi actual jefe, amigo de muchos años atrás y a veces confidente, me abordó en messenger y lanzó la frase “a tí te andaba buscando”. Cosa que me sorprendió porque si no era para chismear un rato no encontré nada en la memoria para lo cuál quisiera CP hablar conmigo.
Unicamente atiné a responder con un “para qué soy buena?”.
Ahí comenzó todo.
Me hizo la propuesta de trabajo y acto seguido comencé a sentir el corazón aceleradito, cada vez más.
En realidad había sido un año complejo laboralmente hablando.
No habían buenas perspectivas de mejorar, salvo una oportunidad que se veía poco tangible.
Me explicó todo, me habló de los pros y los contras. Y me pidió decidirme pronto porque había urgencia por comenzar.
Todo fue como recibir una cubetada de agua helada en pleno invierno.
Casi inmediatamente lo platiqué con dos de mis amigas, pero para variar ya casi todos sabian de la propuesta antes que yo.
Apoyo moral no me faltó, todos (excepto X) me animaron a tomarlo sin pensar.
En realidad puede ser que me viera muy segura de tomar la opción, pero no lo estaba tanto por dentro. Creo que habían más contras que pros.
En aquel momento mi trabajo no me permitia más tener margen de acción, ganaba única y exclusivamente para sobrevivir (a medias).
Después de platicarlo con las personas que estaban más cercanas a mí, al menos físicamente. Lo platiqué con mis papás. Hacia ya unos meses que no viviamos juntos, hacia unos meses que habia decidido, pese a todo, tomar las riendas de mi vida.
Mi madre como siempre dandome su apoyo total, respetando mis decisiones y haciendo saber que lo que yo decidiera ella lo apoyaba y que si por cualquier circunstancia las cosas no salían como yo lo esperaba, que su casa era mi casa y las puertas seguian abiertas para recomenzar.
Mi papá no fue tan explícito porque le aterra la ciudad de México, es un padre sobreprotector a quien nadie le enseñó (más que la vida misma) cómo criar a sus hijos, hizo lo mejor que pudo y fue el mejor padre que pude haber tenido. Solamente que le ha costado mucho trabajo ver que sus hijos abran las alas y contenerse para no volar atrás de ellos por si se caen, para estar ahí y protegernos.
Yo sabía que él no iba a estar de acuerdo, pero que iba a tener que respetar mi decisión.
En una ocasión, unos meses atrás le había mencionado la posibilidad de trabajar en el DF e inmediatamente me hizo saber su negativa.
En esta ocasión tuvo que aceptarlo.
La decisión estaba tomada, no había vuelta de hoja, no era una posibilidad: era una realidad a la vista.