De recuerdos acuosos…
No recuerdo exactamente cuándo fue la primera vez en mi vida que fui a la playa.
Sin embargo tengo recuerdos inolvidables de momentos en el mar cuando era niña y no tan niña.
En mi mente, como fotografías pasando de una mano a la otra, veo muchos momentos fijos del mar visto desde el pavimento.
O al mismo mar visto desde la arena.
Me recuerdo chapoteando en la orilla.
O sentada esperando que las olas rompieran justo donde yo tenía mis pies.
Recuerdo mi traje de baño, pero no logro distinguir si era azul o blanco.
Me recuerdo también de vuelta a casa caminando, cansada y llena de arena.
Y lo menos grato: me recuerdo con manchas de chapopote en la planta de los pies.
Por eso mi papá casi nunca nos daba permiso de ir, hasta que llegó el momento en que en definitiva los suspendió.
Recuerdo a mi madre encantada disfrutando el mar.
Recuerdo la imagen de un mar embravecido arrastrando a la orilla un barco que no pudo contra la fuerza de la naturaleza y quedó encallado en la orilla.
Me recuerdo a través de los años frente al mar, junto a el, a su lado… y muy lejos.
Recordar el mar me hace pensar (y sentir) en la calma y en la tormenta.
Quizá por eso cuando pienso en mar pienso en inmensidad, pienso en vida y pienso en muerte… pienso en todo.